Visión global

La celebración de los 450 años del nacimiento de Santa María Magdalena de Pazzi nos dan la posibilidad de adentrarnos en la espiritualidad de esta gran santa del Carmelo.

Una primera aproximación, quizás superficial, nos la hace ver como la santa de los grandes éxtasis y arrebatos místicos. Sería una visión desenfocada y que para nuestra mentalidad actual nos presentaría una santa extraña a nuestra sensibilidad.

Pero, nada más lejos de la realidad. El centro de toda la espiritualidad de Santa María Magdalena está en el Verbo humanado, en Jesucristo. Él nos desvela la profundidad del amor del Padre para con la criatura y nos adentra en el misterio trinitario. “Me pareció ver a la Santísima Trinidad llena de amor hacia las criaturas... Y vi que el SEÑOR HABÍA CREADO EL ALMA de un INFIEL CON EL MISMO AMOR  con la que creó la de su MADRE SANTÍSIMA... Vi aquel amor tan grande y sin medida que nunca jamás criatura alguna llegará a entender; aún más, me parece que ni siquiera pueda entenderlo un poco sino aquel que lo gusta. Al ver la grandeza de ese Amor me sentí impulsada a gritar: ¡AMOR! ¡AMOR!”[1].

Para ella, ya desde su toma de hábito, el 30 de enero de 1583, en el monasterio carmelita de Santa María de los Ángeles de Florencia, en que el confesor le entrega el crucifijo, mientras las hermanas cantaban el texto de Gal 6,14: “Lejos de mi gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo”, hizo suyas estas palabras y no quiso desde entonces más que hacer su voluntad.

Ella dirigía su mirada hacia la cruz de Cristo, los pies clavados, los brazos abiertos, la cabeza inclinada, el costado traspasado, durante largas horas y descubriendo en todo ello la ternura y la entrega de Jesús.

El mismo día de su profesión religiosa, dice: “Luego Jesús, acariciándome dulcemente como a una nueva esposa, me unió íntimamente a Sí, encerrándome en su Costado, donde experimentaba un suavísimo reposo”. Es el cuerpo glorioso de Jesús, que porta las llagas de su sufrimiento terreno. El fruto de esta unión espiritual fue la transformación de su voluntad, de sus deseos, pareciéndole que el Señor le quitaba todos los que le eran propios y la conformaba totalmente con la voluntad de Dios. “Ya no me preocupa ni morir ni vivir, sólo quiero la Voluntad de Dios”.

El camino ya San Juan de la Cruz nos lo muestra en la Subida, nada-querer, nada-saber, nada-entender a modo de la criatura para querer, saber, entender a modo del Esposo. Y se llega a este grado de gratitud con la ayuda del mismo Esposo que se une al alma, en “íntima unión... de manera que esta esposa se hacía una sola cosa con Él, y deseaba todo lo que el Esposo deseaba, y nada fuera de Él. Es así como Dios quiere que el alma se una con Él y Él con el alma. Teniendo ésta su cabeza sobre la de Jesús, no puede querer otra cosa sino unirse a Él y que Dios se una a ella, y por esta unión no desea otra cosa más que la Divina Voluntad”[2].

Esta profunda unión con Cristo la hace misionera: “Considerando el amor que Cristo nos muestra desde la cruz se inflamó de tal suerte, que, desgarrando sus vestidos ante el fuego que sentía en su interior, corre por los claustros del monasterio y lanza las campanas al vuelo. Desclava de la cruz el Cristo de las gradas y aplicando los labios sobre sus heridas bebe la vida” Es cuando grita con más fuerza que nunca su “Oh Amor no amado! ¡Oh, amor poco conocido! ... ¡Venid, almas a amar al Amor”[3].

De este amor fecundo “hacer amar al amor” nace su celo por las almas y por la renovación de la Iglesia. Así, dentro de las cartas de renovación de la Iglesia vemos esta constante:

  • “Recordad bien que la primera Verdad ha dicho que sus amigos se reconocen, ¿cómo? Por el amor (cf. Jn 13,35), ¿Y qué mayor amor puede haber que dar la vida por el prójimo? Si no existe amor más grande que éste, tampoco existe una OBRA MÁS GRANDE que favorecer la vuelta a Dios de las criaturas”[4].

  • “Quiera ser un verdadero imitador de los apóstoles, que no se contentaron por conocer y poseer a Dios sólo para sí mismos, sino que quisieron e hicieron de todo para darlo a conocer a los demás. No se puede hacer una cosa más grata a Dios que reconducir a él a las criaturas, porque sólo podemos servirlo en nuestro prójimo”[5].

  • “Oh eterno Verbo, cuando fuiste clavado al durísimo madero de la cruz, no deseaste otra cosa sino conducir y llevar a ti a las criaturas. Dijiste: “Tengo sed” (Jn 19, 28), demostrando que no sólo tenías sed de las criaturas presentes, sino también de las que tenían que venir. Tuviste sed, oh Dios dulce, tuviste sed, oh Dios bueno y todo amoroso, tuviste sed de esta renovación. ¿Cómo podrá quién se quita la sed con la Sangre del Verbo eterno no quitarle a él la sed que tiene de las criaturas?

 

¿Oh, quiera, quiera usted, como hijo de Dios, CONCURRIR A DEVOLVER LA PAZ A LOS CORAZONES SEPARADOS DE DIOS!. Si me preguntaran cuánto agrada eso a Dios, respondería que aunque tuviera lenguas angélicas, no lo podría decir; (...) Haced de modo que todos puedan llamarse hijos de Dios, porque NUESTRA GLORIA consiste en CONDUCIR Y DEVOLVER las ALMAS A DIOS. No quiera usted privarse de tal gloria, a Dios de tal honor y a las almas de tal salud”[6].

  • “Si Dios es comunicativo, también nosotros hemos de ser comunicativos para comunicar las iluminaciones que Dios nos comunica, especialmente las que pueden ayudar a llevar hacia Él a sus criaturas”[7].

  • “Transpórtanse de gozo mi corazón y mi cuerpo, contemplando al Dios vivo” llegará a decir: “¡Amor, Amor, oh Amor! Dadme tal potencia de voz que al llamarte Amor sea vida de Oriente a Occidente en todas las partes del mundo, hasta en el infierno, a fin de que sea conocido y amado de todos (...) ¡Oh Amor, haz que todas las criaturas te amen!”[8].

  • Y ella ¿qué más puede querer de Mí?". "Y el Señor le dijo: "¿Qué más puedo Yo hacer, hija mía, por la criatura?.

 

De todo lo expuesto podemos percibir los trazos de una experiencia, que se iría desplegando a lo largo de su vida, integrando múltiples influencias en una experiencia unitaria, en la cual el cuerpo de Cristo aparecía como la concentración y revelación del amor divino, del amor del Dios Trinitario. A su vez, la relación con Cristo envuelve y compromete seriamente al alma, el cuerpo, la humanidad, la vida de la monja carmelita.

Todo brota de la experiencia de la unión mística con Cristo,  donde se despliega la rica simbología del cuerpo de Cristo: un cuerpo glorioso, con vivas referencias al cuerpo histórico del Verbo encarnado (sus llagas), que se le manifiesta en relación con el cuerpo eucarístico (después de la comunión) y la remite intensamente a una misión para con el cuerpo eclesial de Cristo (la renovación de la Iglesia).

Ante todo, María Magdalena ve la vocación en la perspectiva de la historia de la salvación. En consecuencia, educa a saber reconocer la acción de Dios en los avatares, a insertar su propia vida religiosa en una dimensión eclesial y a vivirla con una finalidad profética y escatológica.

La progresiva asimilación de todo el ser de María Magdalena a Cristo, le lleva una disponibilidad plena a su acción salvífica, para ser fecunda con la fecundidad de Dios con miras a la salvación y redención del mundo, y no para una solitaria satisfacción de santidad, muestra la consonancia con cuanto hoy nos esperamos del alma contemplativa. Como Teresa del Niño Jesús, Magdalena ha puesto su existencia orante y virginal en el «corazón de la Iglesia», uniéndola a la infinita fecundidad y eficacia del «sí» de Cristo y de María sobre todo. La disponibilidad orante de la monja florentina ha sido una auténtica experiencia de cruz, para bien de la Iglesia y del mundo.

 

[1] QG 2, pág. 29s

[2] QC 12, pág. 55s

[3] Ismael Martínez, o.c. pág. 209

[4] RC 2, pág. 247

[5] RC 4, pág. 254

[6] RC 5, pág. 257s

[7] RC 10. pág. 285

[8] QG 18, pág. 82, 85s

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