La renovación de la Iglesia.

La Iglesia es fundamentalmente la esposa del «esposo Verbo». Cuando, leyendo los éxtasis, entramos en el tema de la Iglesia, no encontramos una doctrina, sino más bien realidades en acto ya realizadas, por eso tendremos en cuenta también las Cartas de la renovación, mediante las cuales hallamos en nuestra santa los «ansiados deseos» de renovación. María Magdalena ama a la Iglesia no porque es hermosa, sino para que pueda serlo. "Veo una Esposa muy hermosa, adornada de ricas joyas y con una lindísima corona en la cabeza”.

“La Iglesia esposa es concebida y alimentada de su sacratísimo costado” “Formada con la sangre y agua” ella nace, por tanto, del misterio mismo de Cristo crucificado. Se trata de un proyecto que atraviesa toda la historia y encuentra en Cristo su centro.

La Iglesia es un cuerpo, es una esposa fecunda, es un edificio, un jardín cultivado, y está formada de diversos miembros, diversos hijos y diversos elementos que constituyen su belleza.

Tiempo de renovación

En 1587 Sor María Magdalena fue llamada a reformar su amada Comunidad; pero el año anterior había sido investida de una misión aún, más vasta e importante.

Pero ¿por qué precisamente en aquellos años tan dolorosos y sembrados de luchas y tentaciones? ¿Por ventura no tenía bastante que hacer consigo misma y sus propios padecimientos? El dolor es fecundo: no padecía sólo para sí misma, sino que también, y de modo especial, para las almas; cabalmente eran sus dolores lo que la hacían apta e idónea para tan levantadas empresas.

Cuando entró en el "lago de los leones" el 15 de junio de 1585 pasó un año entero sin que un rayo de luz viniese a disipar, ni siquiera por breves instantes las densas tinieblas que se habían acumulado sobre su alma; pero he aquí que el 20 de julio de 1586, “con gran asombro de nuestra parte", escribe Sor María Pacífica, mientras estaba en el coro para rezar el oficio divino, "fue de repente arrebatada en espíritu”. Dios le dijo que quería mitigar un tanto su prueba, concederle una breve tregua para darle luz y señalarle el modo de llevar acabo una obra que le iba a confiar: “la renovación de la Iglesia y, en especial, de los religiosos".

Hay un momento trágicamente grande en la vida de Santa María Magdalena. Quizá sea único en la historia de la Iglesia. Es el verano de 1586. Lleva un año viviendo en las tinieblas de la «probación», que parecen anular desde el fondo de su alma el camino de luz y de amor que la gracia había realizado en ella.

Así nos narra el llamamiento a la renovación del Cuerpo místico de la Iglesia: “El lunes por la noche, día 6 de mayo de 1585, cerca de las 24 horas (las 12 de la noche), estando la dilecta alma en actual ejercicio, de repente se sintió llamada del Señor con este llamamiento: ……… “Ven, oh esposa mía, ven, que quiero que ahora vengas a regenerar y renovar con mi Sangre todo el Cuerpo de la santa Iglesia, ofreciéndome todos los estados de las criaturas. En tal ejercicio has de estar toda la noche hasta que venga mi ministro a darte mi Santísimo Sacramento” (Coloquio Cuadragésimo tercero).

De aquí el drama. Es demasiada la distancia entre la realidad de la Iglesia en el designio de Dios y el rostro de la Iglesia tal como se presenta en aquel momento histórico.

El le había mostrado el estado de su Iglesia. ¡Ay! éste era desconsolador. Esta Esposa de Cristo había perdido gran parte de su primitiva hermosura: sus propios hijos la tenían envilecida. Cuando son sus enemigos quienes combaten contra ella, saca de sus artificios mayor lustre; pero cuando son sus propios hijos quienes se vuelven contra ella, cuando son ellos quienes la desprecian. y deslustran, no puede presentarse ante su Divino Esposo sin mancha ni arruga, tal cual El la desea y cual la ha hecho con su preciosa Sangre.

El Concilió de Trento había dictado sabias reformas y señalado remedio a muchos abusos; pero estas reformas tenían que ser llevadas a la práctica; era menester el concurso de cada uno.

Sí, la Iglesia tenía necesidad de ser reformada, y todos estaban llamados a prestar su cooperación: desde el Sumo Pontífice hasta los fieles en particular. Renovar la Iglesia significa ante todo que los obispos, los sacerdotes y los religiosos emprendieran un camino de purificación para conformarse a las realidades evangélicas que debían ser los primeros en testimoniar.

¿Por qué precisamente ella?

A manos se nos viene el preguntar porque Dios confía una misión de tanta importancia y delicada, a una jovencita de veinte años, a una simple religiosa y religiosa de claustro. Veamos lo que piensa la misma elegida:

"Ha llegado el tiempo", escribe al Padre Blanca, ya confesor suyo, "ha llegado el tiempo determinado ad aeternum en la mente de Dios..., de renovar a su Esposa la Iglesia mediante su Vicario y sus Cristos. No dejará de extrañarse, y también yo lo extraño.. , que Dios quiera revelar tal cosa a tan vil e ignorante criatura como lo soy yo. Mas téngase presente que Dios quiere se eche de ver que es El , quien obra, porque, si la revelase a uno que estuviese adornado de sabiduría o de algún poder no resplandecería, por entero, la obra de Dios. Pero la quiere revelar a tan vil  gusanillo para que se eche de ver qué grande es su bondad en esta obra suya".

Esto aparte, Sor María Magdalena tembló a vista de tal revelación, temió ser blanco de algún fraude diabólico y tentó sustraerse a la divina intimación. Habló con sus superiores, se aconsejó de diversos religiosos conocidos por su prudencia y santidad de vida; mas todos la alentaron a seguir sin vacilaciones las órdenes de Dios. Hasta se atrevió a preguntar a Jesús sobre el porqué de su elección, y El, se dignó responderle que tres particulares dones "infundidos en ella desde el seno de su Madre” le habían movido a ello.

1. Un excesivo deseo de la salvación de las almas; 2. Un amoroso y continuo deseo, de unirse con El en el Stmo. Sacramento, y 3, el deseo de mantenerse pura y virgen y de unirse con El mediante el vínculo de la santa profesión".

Las cartas de la «renovación»

Como hijos de un posconcilio, no nos resulta difícil imaginar cuál debía de ser la movilización eclesial en aquel último retazo del siglo XVI, cuando también sor María Magdalena, en su tierno amor hacia la Esposa del esposo Verbo, se siente como «forzada» por Dios a implicarse en primera persona en la obra de renovación de la Iglesia.

Desde julio hasta septiembre dictó en éxtasis varias cartas al Papa a los Cardenales "presentes en la Silla Apostólica”, al Arzobispo de Florencia y a diversos religiosos y religiosas. Son cartas rebosantes de humildad, pero ardorosas  y vibrantes de celo, que nos recuerdan las de Sta. Catalina de Sena. Confesándose  "forzada por la dulce verdad",  denuncia el mal, ruega y exhorta a poner el debido  remedio.

Son doce las cartas dictadas en éxtasis, todas ellas vibrando de pasión por la Iglesia y por su belleza, desgraciadamente ofuscada por tantos males. Las cartas, como veremos, van dirigidas a destinatarios que están en los puntos clave desde los que debe ponerse en marcha una obra de renovación.

Sor María Magdalena es consciente de que el «impulso interior» que ahora la impele hacia una acción externa ha nacido en ella de la contemplación del «consejo de salvación» escondido durante siglos y revelado en Cristo, como dice San Pablo. Y ahora siente que ha contemplado: Dios quiere servirse de ella para que cuanto ha recibido sea expresado al «exterior».

El tiempo nuevo de la salvación -el kairós, que interpela a una nueva iniciativa- se configura con su espíritu, siempre dispuesto a dar concreción: «Ha llegado el tiempo determinado y predestinado ab aeterno en la mente de Dios y largo tiempo deseado por sus siervos pasados y presentes, el tiempo de que se renueve su esposa Iglesia» (RC 84).

«Forzada y obligada por la dulce Verdad», es Dios quien la sostiene en el anuncio del designio de renovación das a destinatarios que están en los puntos clave desde los que debe ponerse en marcha una obra de renovación.

Ahora le toca a ella dar a conocer la renovación universal querida por Dios: «No avisa ni busca la dulce Verdad que se haga tal renovación en una sola ciudad o en un castillo, sino en todo el universo» (RC 66).

Las cartas son fruto de un intenso amor por la Iglesia y por las almas, que Magdalena había vivido desde pequeña. Así, al inicio de los cuarenta días –antes de los éxtasis de amor- viendo en las criaturas ”tanta ignorancia y ceguera, suplica a Jesús hacerla padecer aun “todo el infierno… a fin de que fueran salvados”

Magdalena esta convencida de que este deseo de las almas nace de haberla introducido Dios en la contemplación y Dios quiere que esto llegue al exterior.

 

"Siempre me quedará esta cruz", son sus mismas palabras, "ver que Tú no eres amado ni conocido y que lo que es tu voluntad, no es puesta en ejecución, quiero decir, la obra de tu Esposa la Iglesia ...

Esta será en verdad su cruz, sí, pero "cruz resplandeciente y gloriosa" pues que ella hizo cuanto pudo y cuando Dios le había mandado. No verá el cumplimiento de la obra, pero no será la culpa, ni "señal de no ser tu voluntad, sino porque no hay las debidas disposiciones en las criaturas” ni hay "corazones generosos como sería menester".

Jamás cesó de rogar por la Iglesia de Dios, jamás cesó de recordara las religiosas sus hermanas la obligación a que se habían sujetado por su consagración, así como el motivo y el fin de toda su vida:

"No nos ha puesto Dios en este lugar sólo para nosotras" ya se lo hemos oído repetir en otro lugar! ''sino para que prestemos ayuda a su Iglesia y a las almas ... "

"¿Ha encomendado hoy en sus oraciones al Sumo Pontífice y a la Iglesia?", preguntó cierto día a una de ellas.

Y como contestase negativamente, respondió con pasmo y dolor:

"¡Oh, qué esposa, qué esposa. que no ruega; todo los días por la Iglesia de Dios! ... "

 

María Magdalena de Pazzi se sintió “incitada por el Espíritu Santo, forzada e impelida por el Verbo humanado” a trabajar por la renovación de la Iglesia. Era consciente que para llevar a cabo esa renovación había que empezar por la renovación de la mente y del corazón. Se inmoló en el silencio del monasterio como víctima voluntaria y grata a Dios.

María Magdalena, aún siendo una perfecta contemplativa, que incluso besaba los muros agrietados de su monasterio por el gozo espiritual que le procuraban, sentía también el atractivo apostólico y misionero en sumo grado. Como el amor a Dios es, por su naturaleza contagioso, no se puede, dice ella “ser solos” en amar a Jesús, porque “el verdadero amante, no se contenta con ser solo en amar a su amado, sino que desea darlo a conocer y amar de todas las criaturas”. Ella misma hubiera estado dispuesta a dejar el monasterio para ir a las misiones y trabajar más directamente en la conversión de las gentes.

Entre las contemplativas de aquel tiempo, una de las más apasionadas por la reforma de la Iglesia y por la renovación de la vida religiosa, fue, sin duda, María Magdalena de Pazzi.

El aislamiento y la separación del mundo confirieron a esta eminente contemplativa, que en breve alcanzó la cima de la transformación de amor, una gran capacidad de expansión eclesial, que es la señal más segura de toda auténtica experiencia mística.

Siendo como somos nosotros miembros de un postconcilio, como lo fue ella, su doctrina es muy actual. Y es actual porque su mensaje no es otro que éste: la Iglesia ha de estar siempre en estado y actitud de renovación. Toda renovación, para que sea auténtica, ha de comenzar siempre por la conversión individual de todos y da cada uno de los miembros del Pueblo de Dios.

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