El Verbo esposo.

Dentro de la tradición carmelita, como Teresa de Jesús, Juan de la Cruz, Teresa del Niño Jesús, Magdalena vivió una vida esponsal con relación a Jesucristo. Para entender la naturaleza de una relación esponsal, es importante revisar su significado en la tradición cristiana.

El Antiguo Testamento nos trae ejemplos de imágenes esponsales. El tema de la alianza mismo sugiere un compromiso mutuo de amor, y el libro de Oseas representa la relación entre Yahvé e Israel con imágenes maritales. El capítulo 16 del profeta Ezequiel, narra una historia de Israel como la Esposa infiel. El Salmo 45, también conocido por ella, habla del Rey Mesiánico con imágenes nupciales. Pero la celebración más importante en imágenes esponsales del amor entre Dios y el alma o la comunidad es el Cantar de los Cantares. Fue Orígenes, en el siglo III, quien vio que el Cantar de los Cantares revelaba el amor de Cristo por la Iglesia y por los individuos. S. Jerónimo y otros recurrieron al Cantar de los Cantares para expresar la noción de "matrimonio espiritual" en la relación del alma con Dios.

La imagen esponsal continúa en el Nuevo Testamento. Mateo 25, 1-13 narra la parábola de las diez vírgenes, cinco necias y cinco prudentes. Su relación con el Novio es el elemento crítico del relato. Juan 3, 28-29 narra la historia de Juan Bautista que vino a anunciar al Salvador. "El que tiene a la novia es el novio; el mejor hombre, que está en pie y le escucha, se alegra mucho con la voz del novio. Por eso mi alegría es completa. Él tiene que crecer y yo disminuir". Otras imágenes nupciales se dan en el Nuevo Testamento. Baste otro ejemplo, tomado de los Corintios, donde Pablo habla de su relación con los cristianos de Corinto (2Co 11,2): "celoso estoy de vosotros pero con los celos de Dios, pues os he desposado con un solo esposo, para presentaros a Cristo como una virgen casta".

 

Sta. María Magdalena usó las imágenes esponsales de la Escritura. Pero en su pensamiento fue también influenciada por los escritos de Sta. Teresa de Jesús y S. Juan de la Cruz. Ambos carmelitas hicieron referencia a las imágenes esponsales y al matrimonio espiritual. Sta. Teresa en la Quinta de sus Siete Moradas del Castillo Interior habla del matrimonio espiritual. En Moradas VII, 4, 6, escribe bellamente sobre la oración y el matrimonio espiritual: "Para esto es la oración, hijas mías; de esto sirve este matrimonio espiritual, de que nazcan siempre obras, obras"[1]

El matrimonio espiritual aparece en numerosos pasajes de los escritos de S. Juan de la Cruz, en especial en el Cántico Espiritual y en la Llama de Amor Viva.

La centralidad de la fe en el camino del amor se refleja en el Cántico Espiritual, estrofa 12, 2: "Como con tanto deseo desea el alma la unión del Esposo y ve que no halla medio ni remedio alguno en todas las criaturas, vuélvese a hablar con la fe, como la que más al vivo le ha de dar de su Amado luz, tomándola por medio para esto. Porque, a la verdad no hay otro por donde se venga a la verdadera unión y desposorio espiritual con Dios, según por Oseas lo da a entender diciendo: Yo te desposaré conmigo en fe (2, 20)[2]. En Juan de la Cruz el matrimonio espiritual lleva a morar a solas en el amor de Dios. Magdalena parece haber sido influenciada por esta concepción, ya que su vida estuvo dedicada a fundirse en amor con el Amado. Rezó para que pudiera ser mártir de su amor. “Considerando el amor que Cristo nos muestra desde la cruz se inflamó de tal suerte, que, desgarrando sus vestidos ante el fuego que sentía en su interior, corre por los claustros del monasterio y lanza las campanas al vuelo. Desclava de la cruz el Cristo de las gradas y aplicando los labios sobre sus heridas bebe la vida” Es cuando grita con más fuerza que nunca su “Oh Amor no amado! ¡Oh, amor poco conocido! ... ¡Venid, almas a amar al Amor”[3].

La clave esponsal para Magdalena es el cuerpo de Cristo como lugar de la unión mística

En Los cuarenta días, es decir, en el registro de sus experiencias a partir de su profesión religiosa (celebrada el 27 de mayo de 1584, en la fiesta de la Santísima Trinidad, estando enferma), encontramos una progresiva penetración en el misterio de la Encarnación en la que el cuerpo de Cristo aparece con una riqueza simbólica admirable, puesto que en él se realiza este misterio.

En primer lugar, la clave esponsal no es en absoluto reduccionista. La liturgia del día en que celebra su profesión la ayuda a descubrir que su vinculación íntima es con la Trinidad, y cada voto encierra para ella una vinculación específica con una de las personas de la Trinidad. El voto de castidad no lo sitúa en relación con el Hijo, sino con el Padre, porque Él es el “amor puro”, mientras que con su “Esposo Jesús” se une por la obediencia, porque la asemeja a él, y al Espíritu Santo se une por la pobreza, para poder recibir sus riquezas.

Ahora bien, es con Jesús con quien esta unión reviste un carácter propiamente esponsal, y es Él quien realiza la unión: “me unió a Si”, “me unió íntimamente a Sí”, dice con frecuencia. Ella percibe esta unión mística a través del símbolo del cuerpo de Jesús.

El mismo día de su profesión religiosa, dice: “Luego Jesús, acariciándome dulcemente como a una nueva esposa, me unió íntimamente a Sí, encerrándome en su Costado, donde experimentaba un suavísimo reposo”. Es el cuerpo glorioso de Jesús, que porta las llagas de su sufrimiento terreno. El fruto de esta unión espiritual fue la transformación de su voluntad, de sus deseos, pareciéndole que el Señor le quitaba todos los que le eran propios y la conformaba totalmente con la voluntad de Dios. “Ya no me preocupa ni morir ni vivir, sólo quiero la Voluntad de Dios”.

Al octavo día de su profesión, meditaba sobre el evangelio del día, la parábola de los invitados al banquete (Lc 14,16ss). Estamos, pues, en un contexto eucarístico. Ella comprendió el sentido de la eucaristía como anticipo del banquete escatológico, y como apertura a él: estamos llamados no sólo al banquete eucarístico, sino “al de los bienaventurados, que es la visión de Dios”. Entonces emerge de nuevo la simbología del cuerpo de Jesús, que atrae hacia su Corazón a todos los que acuden a su invitación, y allí los alimenta con su preciosa Sangre. El final de este tiempo de oración vuelve a ser esponsal; ella está habitando en la interioridad de Cristo, simbolizada en la llaga del Costado: “Puso luego el Señor en su Costado una piedra preciosa de color morado, a fin de que yo no pudiese salir y no pudiese atribuirme bien alguno, sino que lo refiriese todo a Jesús”. La imagen de la piedra morada cerrando el Costado del Señor evoca la de la sepultura sellada: ella quedaría como sepultada allí; en realidad, simboliza una “vida escondida con Cristo en Dios” (Col 3,3), un lugar que se convertirá en la bodega del vino del Cantar de los Cantares. La imagen desvela la vocación a permanecer ahí, en la interioridad de Cristo (“a fin de que yo no pudiese salir”), y la llamada a morir a sí misma (“que no pudiese atribuirme bien alguno”), para vivir en Cristo (“que lo refiriese todo a él”).

En el undécimo día de los éxtasis tiene lugar la visión del jardín místico, un jardín albergado «dentro del Costado de Cristo» y poblado por los ángeles de las monjas del monasterio y por el del padre confesor del mismo, atareados en tejer guirnaldas de flores (virtudes) para las religiosas, con el hilo de oro de la caridad. Luego el jardín se expande por cuatro senderos, caminos interiores cubiertos «con la santísima humanidad de Jesús»: el primero de ellos conduce al Corazón de Jesús, donde una fuente ofrece un agua deliciosa que refresca a quienes padecen el fuego de la soberbia y calienta a los tibios en el amor de Dios; hemos de entender que este primer sendero enlaza el Costado y el Corazón, pues los tres restantes salen de este centro cordial de Cristo: hacia la mano derecha –el sendero de la fe-, hacia la mano izquierda –el de la justicia-, y hacia la boca –el camino de la visión de Dios, que no es propio de este mundo-. La peculiar visión termina fijando la mirada en la Cabeza de Cristo, convertida también en un lugar donde habitar gracias a las heridas de la corona de espinas, con estancias refulgentes como espejos «para que las criaturas nos mirásemos en Cristo nuestra Cabeza, siendo nosotros sus miembros»[4]. El momento inicial de esta peculiar visión no hace referencia a pasaje bíblico alguno, sino a la unión del alma con Cristo en el Santísimo Sacramento, pero es innegable la relación con Jn 14,6 (Yo soy el camino) y 1Cor 12,27 (vosotros formáis el cuerpo de Cristo y cada uno es un miembro).

Así pues, el Costado de Cristo y su Cuerpo todo es para María Magdalena un lugar donde habitar, una diversidad de caminos que recorrer –las virtudes, el crecimiento en santidad- y un espacio nupcial donde reposar en el Amado.

El día siguiente de la visión del jardín místico, el jueves 7 de junio de 1584, puesto que la comunión eucarística significa para María Magdalena una verdadera unión espiritual con Cristo, se abre paso de nuevo la expresión de esta unión mediante la contemplación del cuerpo de Cristo.  No sin gran atrevimiento y delicadeza, esta oración de unión transmite el contenido esencial de una transformación espiritual, de una verdadera  deificación. Primero es Jesús quien se une al alma “poniendo su divina cabeza sobre la de la esposa, los ojos sobre los suyos, la boca sobre la de la esposa, y lo mismo hacía con las manos y los pies y todos los demás miembros, de manera que esta esposa se hacía una sola cosa con Él”. ¿Qué significaba esto para ella? El alma unida a Cristo puede a su vez, posar su cabeza sobre la de Jesús y así no quiere otra cosa que lo que él quiere, se une a su divina voluntad; poner sus ojos sobre los de Jesús significa ver lo mismo que él ve “se ve a sí misma en Dios y ve a Dios en todas las cosas”; poner su boca sobre la de Jesús significa gustar lo mismo que gusta Dios (el bien); poner las manos sobre las de Jesús tiene por efecto obrar como obra Dios, es decir, con sabiduría y poder, algo sólo posible al alma enamorada de Dios; unir sus pies a los de Jesús significa desear que todas las criaturas lleguen a amarle y que todas se salven (pues la misión es antes que nada compartir este deseo de Jesús). Y así «esta alma, por su conformidad y participación con el mismo Dios, viene a ser como otro Dios por gracia, ya que infinitamente por naturaleza no puede serlo sino el mismo Dios»[5].

            Otras imágenes son aplicadas al Costado de Cristo. En la línea de las estancias  y habitaciones, esta herida del cuerpo de Jesús aparece como su «escuela», allí donde el alma encuentra «muchos libros abiertos» que son «las obras de Dios» desde la creación del mundo[6]. En referencia al Cantar de los cantares, la entrada al éxtasis se produce a veces desde el llamamiento a la esposa como la paloma que anida «en las hendiduras de las rocas» (Cant 2,10.14) y es conducida al espacio de la intimidad: «Introdújome en la celda del vino y ordenó en mí la caridad (Cant 2,4) […]. La celda del vino era el Costado de Jesús, y el vino su preciosa Sangre»[7].

Esta interpretación del sagrado Costado como la bodega del Cantar le permite establecer el vínculo de este cuerpo glorioso con la Pasión, no sólo en las heridas, sino en la Sangre. Nos encontramos aquí con la mediación del Verbo encarnado, con el misterio de la redención del género humano por el derramamiento de una Sangre que simboliza la vida de Dios.

«Para ser esposa y no sierva»

 La mística magdaleniana, en la escuela del Carmelo, es mística eclesial que llama a la conversión a todo el pueblo de Dios, no para “reprobarlo”, como sostienen algunos, sino para que ante el Espíritu que llama, alguien «se abra a ese don». 

Es hermoso el testimonio (encontrado en original) que el 1 de mayo de 1595 daba la priora Evangelista: «Yo, sor Vangelista, en honor del eterno Padre. Yo recuerdo cómo sor María Magdalena hoy este día primero de mayo de 1595 le ha prometido a Dios querer ser su esposa y no sierva para mayor honor suyo y para que se complazca en ella y mayor ayuda de su donación, ha prometido caminar desnuda con su Dios y oír solo su voz y de quienes cuidan su lugar y cuando tuviere alguna duda tomar consejo antes que nada del Cristo desnudo y del alma más desnuda que vieren sus ojos y de sus superiores»[8]. 

Según los textos y no los comentarios, parece ser que el centro de la experiencia magdaleniana no se concentraba en el sufrimiento (creado también por los problemas de salud y por una ascesis poco equilibrada), sino que consistía en profundizar teologalmente en una alianza esponsal con el Señor, repleta de “amor puro”, a ella le gustaba decir «muerto», es decir, de esposa. Ella vivió de este amor pascual, arraigado en la sangre divinizadora de la Eucaristía, gracias al soplo del Espíritu. De esta acogida surgió su frágil palabra de mujer, moldeada por la fuerza del Evangelio. De todo esto es humilde testimonio su cuerpo incorrupto, venerado en el Carmelo florentino de Santa María de los Ángeles, y guardado por la presencia orante, aún hoy, de sus hermanas de hábito. 

 

[1] Sta. Teresa de Jesús, Moradas VII, 4, 6. Obras Completas, B.A.C., 1967, p. 447.

[2] S. Juan de la Cruz, Obras Completas, Ed. de Espiritualidad, 2ª ed., Madrid, pp. 737-738.

[3] Ismael Martínez, o.c. pág. 209

[4] Los cuarenta días. 52-55.

[5] Ib. 56-58.

[6] Ib. 164.

[7] Ib. 185. La cita es la traducción según la Vulgata: Introduxit me in cellam vinariam; ordinavit in me charitatem (Cant 2,4).

[8] Promessa (1º maggio 1595), en Miscellanea Santa Maria Maddalena, Archivo de Santa María de los Ángeles, 1.4.IA.2. 

Para la lectura espiritual:

La hermosura del Esposo

El texto que ofrecemos de los Coloquios nos puede ayudar en nuestro camino de intimidad con Cristo-Esposo

“Oh Esposo mío ¡qué liberalidad tan grande es la tuya! Tú nos eres Padre, nos eres Esposo, nos eres Señor y Hermano! ‘Padre nuestro que estás en los cielos’ (Mt 6,9). Mucha razón tuvo tu enamorado siervo san Francisco en insistir tanto en esta palabra: Padre. Yo no quiero insistir tanto en ella, pero quiero ir un poco más allá, insistiendo en la consideración de tu Ser, de tu grandeza, pues eres inmenso, incomprensible, inescrutable e infinito. Mas al verte tan sumamente hermoso, tan lindo, tan amable, benigno, manso y gracioso, ni siquiera me quiero detener en esta tu grandeza y Deidad, sino que quiero llamarte Esposo, considerarte como Esposo, amarte como Esposo, abrazarte, asirte y amarte, sí, como mi casto, puro, dulce y amoroso Esposo, sabiendo que sin Ti no puedo vivir ni estar contenta; que sin Ti, oh mi dulce Esposo, soy nada, la nada, y que sin Ti no puedo ni quiero querer ni ser cosa ninguna. Si me dieses el ser de los Ángeles, Arcángeles, Querubines y Serafines, sin Ti estimaría que me dabas una nada, una vanidad, nada. Si me dieses todas las felicidades que se pueden poseer en la tierra y todos los contentos y placeres; si me dieses la fortaleza de todos los fuertes, la sabiduría de todos los sabios, y las gracias y virtudes de todas las criaturas, sin Ti las tendría por un infierno. Y si me dieses el mismo infierno con todas las penas y tormentos que allí hay, contigo lo tendría por un paraíso”………

“Oh mi hermoso Esposo: cuán dulce, clemente y amoroso eres. Oh Esposo, oh Verbo, siempre te quiero apellidar de este modo: oh Verbo, oh Esposo, oh Verbo. Ah, vedle; ah, mirad al Verbo, mi Esposo ¡cuán bello, cuán grande, cuán digno es, qué resplandeciente es su rostro! Es como el del sol, más: el sol es tinieblas al lado de su claridad; sus ojos, como las estrellas, despiden resplandor; sus vestidos son como la nieve. ‘Todas las naciones aplaudid con las manos; haced fiesta a Dios con voces de regocijo’ (Sal 46,2). ¡Oh Esposo, oh mi amoroso Verbo! ……… Oh cielos, a lo menos vosotros miradle. Oh sol, oh luna, oh planetas, oh estrellas, ah, miradle; ah, ved su hermosura.

COLOQUIO CUADRAGÉSIMO (29 de abril de 1585)

Parroquia Santa María del Monte Carmelo.

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