Los Carmelitas

Los carmelitas nacimos en el Monte Carmelo a finales del siglo XII.

Palestina, la Tierra del Señor, tenía una gran atracción para toda la cristiandad, por eso no es extraño que algunos de los peregrinos que hasta allí llegaron se quedaran para consagrar su vida al servicio y la alabanza de Dios a través de una vida retirada del mundo. El Monte Carmelo recogió a muchos de estos eremitas cerca de la fuente de Elías.



Estos eremitas no tenían otro fin en su vida que vivir en obsequio del Señor sirviendo a Dios con un corazón puro, al igual que en otro tiempo lo hiciera el profeta Elías, que anduvo también por el Monte Carmelo defendiendo la fidelidad a la alianza. Los eremitas del Monte Carmelo pronto se organizaron y aunque vivían en lugares aislados se reunían para celebrar la eucaristía y otros actos en común. En el centro de su vida y del territorio que ocupaban levantaron una capilla que dedicaron a la Virgen María, la Madre de Dios. Se sentían continuadores de Elías y de los hijos de los profetas que también moraron en ese monte.



A principios del siglo XIII, entre los años 1204 y 1209, a petición de los mismos ermitaños, el patriarca Alberto de Jerusalén les da una Regla o "fórmula de vida" con la que regular su vida en el Monte Carmelo, lo que inicia la andadura institucional de la Orden de los Carmelitas, llamados "Hermanos de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo".

Historia de los Carmelitas

Pronto tendrán que emigrar a occidente ante el avance de los sarracenos donde fundarán conventos en las inmediaciones de las ciudades, evolucionando así, la Orden, desde la forma de vida eremítica hacia el modo de ser de las órdenes mendicantes que desarrollan una creciente actividad pastoral en los centros urbanos. Una vez en Europa, el Papa Honorio IV da reconocimiento oficial a los carmelitas en 1247 adaptando la Regla a la nueva situación.



Desde entonces la Orden se ha extendido por todo el mundo y se ha ido adaptando a las condiciones cambiantes de la Iglesia y de la Historia tratando de ser fieles al Espíritu y a los signos de los tiempos. Hoy, los carmelitas nos dedicamos al apostolado en diversos campos y buscamos el rostro de Dios viviendo en fraternidad y en oración.

Elías y María

Aquellos primeros carmelitas, los eremitas del Monte Carmelo, se asentaron cerca de la llamada "fuente de Elías", de la cual no solo tomaban el agua necesaria para la subsistencia, sino además el recuerdo espiritual del profeta, al cual consideraron como su padre inspirador y su modelo.

Así mismo las celdas estaban construidas en torno a un oratorio donde se reunían todos los días para la oración y la eucaristía. El oratorio fue dedicado a Nuestra Señora y así surgió una relación especial entre los carmelitas y la Virgen María, a la cual sintieron como su Madre, su Hermana y su Patrona. Esta relación de amor a lo largo de los siglos cristalizó en la devoción carmelita a la Virgen del Carmen y al escapulario que la Virgen entregó al santo carmelita S. Simón Stock en el año 1251.



María y Elías son, por tanto, dos figuras que están íntimamente unidas a la vida de los carmelitas desde sus orígenes. Al carmelita le mueve un deseo de vivir en obsequio de Jesucristo, sirviendo al Señor con un corazón puro y, en este punto, tanto el Profeta Elías como la Virgen María fueron maestros de vida.

Carisma y Espiritualidad

"Vivir en obsequio de Jesucristo y servirle fielmente con corazón puro y buena conciencia". Esta es la matriz de la vida y la meta de nuestra vocación. Y los carmelitas viven su obsequio de Jesucristo, comprometiéndose en la búsqueda del rostro del Dios vivo (dimensión contemplativa de la vida), en la fraternidad y en el servicio en medio del pueblo.



Este es el carisma del Carmelo: la búsqueda del Dios vivo en la intimidad de la oración, en la vivencia de la fraternidad comunitaria y en el servicio al Pueblo de Dios. Por eso mismo las comunidades carmelitanas son en la Iglesia y en el pueblo como pequeñas «fraternidades orantes en medio del pueblo».

En medio está siempre el recuerdo del Señor que llega a través de la «lectio divina» (lectura orante de la Palabra de Dios) y el deseo de hacer nuestra la inspiración profética y contemplativa del profeta Elías y de María, la madre del Señor.

En el corazón del carisma carmelitano se encuentra la dimensión contemplativa de la vida, entendida como un progresivo vaciamiento de sí mismo y una total apertura al Padre hasta llegar a la deseada unión con Dios en el amor.



La contemplación constituye así el itinerario interior del carmelita que se desarrolla en un proceso de transformación que permite a la persona llegar a ser una nueva creación en Cristo, hasta el punto de poder decir, como San Pablo: «No soy yo quien vive, sino Cristo el que vive en mí» (Gál 2, 20).



Esta dimensión contemplativa se posibilita y a la vez se hace real en la vida del carmelita a través de tres caminos: la oración, la fraternidad y el servicio al Pueblo de Dios. Son los tres pilares sobre los que se apoya el carisma y son, a la vez, los valores que posibilitan y autentifican la vivencia de dicho carisma.

Fraternidad

La fraternidad es otro de  los pilares sobre  los que se  edifica  el  carisma  carmelitano (Los otros son la contemplación y el servicio al pueblo de Dios).

Los carmelitas desde sus orígenes se dieron a sí mismos el nombre de «Hermanos de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo», porque aunque optaron por un estilo de vida eremítica sentían que no estaban llamados a realizar su vocación contemplativa de forma individualista, sino junto con los hermanos; y por eso, desde el comienzo se sintieron una fraternidad de hermanos que buscaban a Dios y compartían un propósito de vida.



La Regla que les dio el patriarca Alberto testimonia este espíritu de fraternidad proponiéndoles un camino para consolidar la fraternidad vivida en concreto según el modelo inspirador de la primera comunidad de Jerusalén, en orden a alimentar la fraternidad carmelita hasta llegar a tener «un solo corazón y una sola alma».

Las Constituciones de los carmelitas nos lo recuerda en su nº 10 de la siguiente manera:



«Nuestra Regla quiere que seamos fundamentalmente fratres y nos recuerda que la calidad del trato y de las relaciones interpersonales que caracteriza la vida de la comunidad del Carmelo, se ha de ir desarrollando de acuerdo con el ejemplo inspirador de la primera comunidad de Jerusalén. Ser fratres significa para nosotros crecer en la comunión y en la unidad, en la superación de distinciones y privilegios, en la participación y corresponsabilidad, en el compartir los bienes, un proyecto común de vida y los carismas personales; significa también prestar atención al bienestar espiritual y psicológico de las personas caminando por las vías del diálogo y de la reconciliación»

En el centro de la fraternidad está la Eucaristía como sacramento que celebra y construye la fraternidad, a través del cual llegamos a ser un solo cuerpo que es el Cuerpo de Cristo. Este banquete de comunión es el que tiende lazos de amor y comunión con Dios y con los hermanos.

Servicio

«Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación»(Mc 16, 15). Los carmelitas también recogieron este mandato del Señor y muy pronto entendieron que no podían vivir en obsequio de Jesucristo sin servir al hermano.



El servicio en medio del pueblo de Dios se convirtió en un valor fundamental para la vivencia del carisma, junto a los otros ya estudiados de la oración y la fraternidad. Las Constituciones de lo carmelitas nos lo recuerdan:



«Como fraternidad contemplativa, buscamos el rostro de Dios también en el corazón del mundo. Creemos que Dios ha establecido su morada en medio de su pueblo y, por eso, la fraternidad del Carmelo se siente parte viva de la Iglesia y de la historia: una 

fraternidad abierta, capaz de escuchar y de dejarse interpelar por su propio ambiente, dispuesta a recoger los retos  de  la  historia  y  a  dar  respuestas  auténticas  de  vida   evangélica, basadas en su propio carisma. Solidaria y dispuesta asimismo a colaborar con todos lo hombres que sufren, esperan y se comprometen en la búsqueda del Reino de Dios» (Const., 21).



¿Cómo se plasma en la Iglesia y en el mundo de hoy este valor constitutivo del carisma carmelita como es el servicio en medio del pueblo? Reviste diversos modos:



- El testimonio de un modo de ser peculiar en medio del pueblo que posibilite la dimensión contemplativa de la vida, la experiencia de la fraternidad, la iniciación a la oración y la familiaridad de vida con María.



El servicio de la Palabra de Dios en todas sus formas, especialmente a través de la Lectio Divina.



- El acompañamiento del hombre y de la mujer de hoy en la búsqueda del rostro de Dios compartiendo con ellos nuestra experiencia de encuentro con el Señor.



- La apuesta decidida por la causa de la justicia y de los «menores de la historia», con el compromiso efectivo de colaborar en la transformación de las estructuras de pecado y opresión en relaciones de gracia que sean una señal de que el Reino de Dios ya está entre nosotros.



- La inserción activa en las Iglesias locales, sirviendo al pueblo de Dios a través de los diversos cauces del apostolado y en colaboración con los planes pastorales de dichas Iglesias locales.



- La misión ad gentes con la que la Iglesia recoge una larga tradición misionera que alcanza su ápice en la declaración de Santa Teresita de Lisieux como patrona de las misiones.

El Carmelo: Un camino de Santidad

Durante los siglos muchos han seguido a Jesús por este camino del Carmelo y desde su vitalidad carismática han alcanzado la santidad en la Iglesia.



Baste recordar a santa Teresa de Jesús y a san Juan de la Cruz (s. XVI), que nos ofrecen un camino de perfección evangélica que lleva a la comunión íntima con Dios, vivido y sentido como un encuentro de amor con el Amado en el castillo interior del alma.



Antes, los grandes testigos del Carmelo universal acreditaron con su vida la vigencia y riqueza espiritual del carisma carmelitano en la Iglesia de su tiempo: san Simón Stock (s. XIII), san Andrés Corsino (s. XIV) y el beato Juan Soreth (s. XV).



Mas cercana a nosotros Santa Teresa del Niño Jesús (s. XIX) nos presenta un camino sorprendente para ir a Dios: el camino radical del amor y del abandono en las manos de Dios como niños en brazos de su madre.



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